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lunes, 25 de agosto de 2008

Hallan vestigios de una “civilización perdida” en El Espino

Julio de 2007. La foto muestra un corte estratigráfico en una de las paredes durante la construcción del bulevar Diego de Holguín. Son evidentes zurcos de siembra, soterrados probablemente por cenizas de la erupción del volcán de Ilopango (aprox. 420 d.C.).

Un empleado de la empresa contratada para realizar la construcción de obras hidráulicas en el bulevar Diego de Holguín muestra un pedazo de cerámica encontrada en el sitio.

Zanja para obras de drenaje al costado poniente de las instalaciones del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde los trabajadores han encontrado recientemente piezas arqueológicas.


Los empleados que trabajan en la obra han recolectado varias piezas de barro encontradas en la zona de construcción.

El departamento de arqueología de Concultura descubrió en julio de 2007 y enero de 2008 vestigios arqueológicos de más de mil años de antigüedad en la zona donde se construye el Bulevar Diego de Holguín. Hasta hoy, el Ministerio de Obras Públicas y las autoridades de Concultura mantenían el hallazgo en secreto. La semana pasada, El Faro descubrió que en el sector poniente de la carretera aún en construcción, contiguo al nuevo edificio de Cancillería, el MOP encontró más cerámica prehispánica y tampoco informó nada. Los lugareños, que venden piezas libremente, hablan incluso de entierros. Un año después del hallazgo, gran parte de los vestigios están en proceso de destrucción.
Daniel Valencia* / Fotos por Mauro Arias y fotos tomadas del informe técnico de Departamento de Arqueología de CONCULTURA

¿Qué sentiría si el próximo año, cuando usted circule por el bulevar Diego de Holguín, le cuentan que ahí, debajo del duro y frío concreto, se encuentran los restos de una civilización prehispánica hasta ahora desconocida? ¿Qué sentiría si se entera de que la evidencia de esta civilización se perdió para siempre? Pues estas posibilidades son las que involucra el tramo II del bulevar, publicitado como la “primera vía expresa” de El Salvador, y que en 2006 y 2007 puso en aprietos a tres ministros del gabinete por la depredación ambiental que causó en la finca El Espino (Hugo Barrera, David Gutiérrez y Carlos Guerrero).
Ahí, justo donde miles de árboles fueron talados para compactar la tierra que servirá de base para el cemento, hay restos arqueológicos. La evidencia científica ubica restos a lo largo del tramo de 4.9 kilómetros.
El Faro constató el pasado martes 19 de agosto, al poniente de la zona dañada del parque Los Pericos, dentro de una zanja de aproximadamente dos metros de profundidad -que servirá de desagüe para la mega carretera-, que los tractores de la empresa COPRECA destruyeron decenas de piezas arqueológicas entre ollas, figuras antropomorfas, vasijas, collares…
Esta zanja colinda con el nuevo edificio de Cancillería. La cantidad de material encontrado –y destruido- sobrepasa la imaginación, a juicio de los trabajadores de la obra. En el terreno, COPRECA trabaja desde mayo, metiendo la excavadora que abrió al menos 200 metros en línea recta hacia una quebrada cercana, atrás del mercadito de Merliot, entre el límite de Antiguo Cuscatlán y Ciudad Merliot.
“Yo encontré un muñequito hace como dos semanas. Estaba completito. Tenía la cara bien hechita de indio, estaba sentado, como amarrado de manos y pies. En la cabeza tenía como un hoyito, como que era para andarlo colgado”, dice uno de los jornaleros, pala en mano. Otro, retirado unos cinco metros, da muestras de cómo se encuentran los restos de cerámica. “Así, mire (hunde la pala en el lodo)”. Y, efectivamente, están casi a flor de tierra. “¿Ve? Ahí hay”, dice. En la tierra removida aparecen restos de lo que se presume fue una vasija.
A estas alturas, dentro de la zanja, ya sólo aparecen restos de vasijas rotas, asas de cántaros y piernas desmembradas de figuras antropomorfas. Ni los jornaleros, ni los supervisores de la obra ni las autoridades del MOP informaron nada, pese a que la ley de Patrimonio Cultural obliga a parar la obra para informar de los hallazgos a Concultura, para que esta investigue sobre el terreno. Los jornaleros, ahora, apilan los tiestos en bolsas plásticas y se toman los hallazgos en broma.
“Mire, aquí tengo un indio que le puedo vender. Ahí está, ¿ve? Con la pala en la mano, ja, ja, ja”, bromea uno de los jornaleros mientras señala con el dedo a uno de sus compañeros.
Miguel Fiallos, ingeniero y encargado del proyecto por parte de COPRECA, después de admitir que no informaron nada a Concultura, alegó ignorancia de la ley y agradeció a El Faro de “dar la alerta” a las autoridades con esta noticia

Fiallos agregó que cuando se construyó la calle de acceso al edificio de cancillería, atrás del mercadito de Merliot, incluso llegaron a encontrar “osamentas” y collares que fueron lavados por una lluvia copiosa. Desaparecieron y el testimonio de Fiallos es la única prueba de ese hallazgo. Eso hace más de dos años. Nadie se enteró de nada.
Shione Shibata, encargado del Departamento de Arqueología (DA), oficina adscrita a Concultura, un día después de que El Faro atestiguara la destrucción producida por los tractores (miércoles 20), informó que ya habían realizado una inspección en el lugar. El arqueólogo lamentó que las autoridades del MOP no hayan avisado antes para rescatar algunas de las piezas que los trabajadores comentan que de ahí se extrajeron… y que se vendieron a precios risibles.
“Yo vendí un cántaro a 25 dólares a uno de los supervisores del MOP. Una medalla que tenía labrado algo, así como un sol, a cinco dólares, y un plato también a cinco dólares”, dice otro trabajador. 40 dólares por una milenaria historia.
Los cultivos más grandes hasta ahora
En julio de 2007, fue el mismo Shibata quien descubrió, Diego de Holguín abajo, la primera evidencia de que bajo la tierra de la finca de café de El Espino hay una historia aún no descubierta ni contada. Shibata, quien trabaja en el país desde 1995 como arqueólogo –es graduado de la universidad de Doshisha y tiene una maestría de la universidad de Kanazawa, ambas en Japón-, encontró surcos de cultivo que datan del periodo preclásico y preclásico tardío (aproximadamente 420 d.C.), sepultados por la erupción del volcán Ilopango.

El arqueólogo japonés conducía su automóvil cerca del redondel Roberto d´Aubuisson, cuando sin querer observó a su mano izquierda, hacia el tramo sin construir del Diego de Holguín. Es este punto, El Espino ya no es del Estado. Es la parte de la finca que quedó a la familia Dueñas tras la reforma agraria de 1980. Shibata pidió disculpas a sus hijos y estacionó el carro. Bajó al terreno, confirmó sus sospechas e informó el 1º de julio de 2007 a Fabricio Valdivieso, para ese entonces todavía jefe del DA.
Valdivieso, en un informe posterior, concluyó que esos surcos de cultivo conllevan una importancia por su extensión (los más grandes registrados hasta el momento en el país) y por su cercanía con la ciudad capital. En la pared norte de la carretera, a siete metros de profundidad, los arqueólogos registraron un surco de 50 metros de largo. En la pared sur, a una profundidad que oscila entre los cuatro y seis metros, identificaron el otro surco. Mide 70 metros. Todavía no se ha identificado el tipo de cultivo, pero los expertos presumen que se trata de maíz.
Uno de los surcos de cultivo más cercanos –similares a los de Diego de Holguín- sólo se registran en sitio El Cambio, arrasado por la lotificadora Neila, propiedad de Mario Sol Bang, entre 2006, 2007 y 2008, bajo la mirada poco diligente de Concultura. En El Cambio, junto a los surcos, se encontraron entierros, fogones y un montículo. La importancia de los surcos de cultivo radica precisamente en que se infiere que junto a ellos existió una población aún no descubierta. Es decir, un sitio habitado por indígenas que ejercían su influencia en El Espino, el considerado último pulmón de San Salvador por su vegetación.
En la década de los ochentas, el descubrimiento de surcos de cultivo dio pie para que el mundo se maravillara ante Joya de Cerén (también en San Juan Opico), declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1993. Joya es el único sitio arqueológico que demuestra cómo vivían los antepasados comunes y corrientes en Mesoamérica. Ahí, en Joya, junto a los surcos se encontraron viviendas. Joya data del clásico tardío (entre el 590 y 640 d.C). Esto significa, según Valdivieso, que en El Espino probablemente habitó una civilización de mayor antigüedad.
“De no haber sido por la maquinaria del MOP, nunca hubiéramos descubierto esos surcos. La capa de tierra que evidencia el surco de cultivo está hasta a siete metros (aproximadamente) del nivel normal del suelo, cubierta por la ceniza volcánica y el humus. Era imperceptible”, dice Shibata. “Es una lástima que aquí no haya una cultura en la población de conservación de la historia arqueológica. Sólo así se explica que no avisen nada. Estamos atados”, añade, en referencia a que los encargados de la obra no informaron del hallazgo.
El historiador Pedro Escalante Arce comparte la opinión de Shibata. Él, sin embargo, es más pesimista. “Se ha perdido tanto y se sigue perdiendo tanto… es una lástima. Se destruye, se pierde, se vende, se trafica. Es demasiada la riqueza arqueológica del país como para que el Estado pueda salvarla toda”, dice.

Las autoridades de Concultura informaron al MOP del hallazgo y se acordó preservar las paredes norte y sur que amurallan el terreno compactado por donde se construirá la carretera. Ambas entidades participaron de la opción de no divulgar nada del hallazgo al público. En octubre de 2007, un periodista de un matutino consultó a las autoridades de Concultura sobre el rumor del descubrimiento, pero la respuesta fue negativa.
Y no obstante que Shibata y Valdivieso adviertan de la posibilidad de que los restos de toda una civilización se encuentren en peligro de desaparecer, otro funcionario de Concultura, el director de Patrimonio Cultural, Héctor Sermeño, no luce parece estar muy entusiasmado con el descubrimiento. “Los surcos no necesariamente son vestigios arqueológicos. Sin querer demeritar el hallazgo de esos surcos, no se informó porque no todas las publicaciones que hace Concultura se hacen públicas. No tienen por qué hacerse públicas. Ahí no hay pruebas de edificaciones, no hay restos arqueológicos registrados. Se acordó con el MOP proteger la zona y así se he hecho”.
El ministro de Obras Públicas, Jorge Nieto, corrobora la versión de Sermeño e insiste en que no tiene conocimiento de que se hayan detectado más hallazgos que los surcos. “De lo que hemos tenido conocimiento –y que ha sido a través del viceministerio- ha sido de los surcos. Pero en ningún momento de vestigios arqueológicos”, dice. Nieto ignora por completo que a la par de cancillería y en una bóveda ubicada debajo del bulevar Jerusalén aparecieron más vestigios. Esos eran formas polícromas de barro cocido.
Sermeño dice que no tiene conocimiento de los vestigios encontrados en la zanja ubicada contiguo a Cancillería y señala que esperará el informe que prepare Shione Shibata para pedir cuentas al MOP y a Cancillería de los hallazgos. Sermeño, al aparecer, también ignora que el DA encontró más vestigios bajo la bóveda del Jerusalén, ya que insiste en que hasta el momento él sólo tiene conocimiento de los surcos registrados en julio de 2007.
Para ese mes, sobre la Diego de Holguín todavía soplaban las protestas de las organizaciones medioambientales y de la alcaldía de San Salvador por la tala de cientos de árboles en 4.2 manzanas del parque de los pericos, una zona protegida por decreto legislativo. También pesaba el atraso generado por una demanda judicial que la empresa COPRECA terminó ganando por $7.2 millones al MOP, debido a que la cartera cambió de forma irregular cambió los trazos de la misma durante la administración de David Gutiérrez, el ex ministro y amigo cercano del presidente Saca. Y fue justo en la zona en donde se alteró el trazo de la carretera –con la consecuente destrucción de las cuatro manzanas de Los Pericos, en la zona de reserva forestal- en donde en enero de este año se produjo el otro hallazgo que ignoran los funcionarios.
Más restos arqueológicos
Una formación “troncocónica”, en arqueología, se refiere a un depósito creado en la antigüedad para depositar objetos inservibles o inutilizables. El término más peyorativo para este deposito sería el de un “basurero”. Un basurero arqueológico utilizado por los posibles habitantes de El Espino.
Entre los objetos encontrados en la “posible formación troncocónica” ubicada al pie de la bóveda, arqueología detectó ollas rotas, vasijas quebradas y varios otros tiestos. Según un informe del DA fechado en enero de este año, estos hallazgos corroboran la presencia de actividad humana en el preclásico y de una posible vivienda que aún no ha sido ubicada (y quizá no sea ubicada jamás).
Con los tres hallazgos de El Espino, los expertos infieren que hubo una población que habitó El Espino alrededor de cinco o seis siglos antes que los pobladores de Madreselva en Santa Elena (900 d.C., periodo posclásico), ubicado a escasos minutos al norte de El Espino, y donde se especula estuvo afincado el señorío de Cuscatlán, hoy perdido por las edificaciones, las calles y las residenciales.

En El Espino, la distancia entre el sitio del hallazgo de enero y el sitio del hallazgo de agosto es de 400 metros aproximadamente. En el camino se deja de lado el muro de protección de la Escuela Militar –por donde hoy se trabajan los planos corregidos por el MOP- y se pasa enfrente del casco de la finca El Espino. En línea recta, kilómetros arriba, se llega al inicio de la primera etapa del diego de Holguín (ya finalizada) que desde la colonia Jardines de la Sabana desemboca en la carretera hacia Los Chorros, rumbo al occidente del país.
“Aquí es poco, comparado con lo que ha salido en otras partes (de la carretera). Han salido toneladas de cosas de esas. Como se han roto, y el trabajo es masivo, se pierden las piezas. Desgraciadamente no había alguien aquí que supervisara”, inisiste Miguel Fiallos, de COPRECA.
¿Qué se perdió en El Espino? ¿Cuánto se ha perdido? Arqueología no reporta información acerca de los entierros que menciona Fiallos en la parte posterior del mercadito de Merliot ni otros hallazgos reportados en la construcción del edifico de cancillería, que cuenta con parqueo subterráneo. Ni en los edificios de la Universidad Matías Delgado. Tampoco en el resto de los 9.2 kilómetros de la carretera que atraviesa Santa Tecla y termina en el bulevar de Los Próceres, pasando Casa presidencial.
Si algo hubo más allá de la cerámica ahora rota tras el paso de los tractores, del pico y de las palas, o ya desapareció o sigue enterrado.

Lo curioso es que los hallazgos arqueológicos en la zona sí fueron reportados y guardados por las altas autoridades del MOP y Concultura. En la zona, tan alta es la actividad, que el informe de arqueología de julio de 2007 incluso reporta surcos de cultivos similares a los de Diego de Holguín en el terreno sobre el cual Grupo Roble actualmente construye un edificio de apartamentos contiguo a Multiplaza, frente a la carretera Panamericana.
“Asociados a estos yacimientos en ocasiones suelen encontrarse asentamientos arqueológicos con evidencias de actividad cultural, tales pueden ser estructuras domésticas aisladas o incluso contiguas a áreas ceremoniales del periodo preclásico. De este modo se tiene aquí una prueba que puede indicar la presencia de mayores rasgos culturales en un sector muy cercano a estos surcos, en algún lugar de la finca El Espino, o incluso especulando debió existir en donde ahora yacen las colonias del suroeste de San Salvador, o más al sur y oeste probablemente hacia zona urbana de ciudad Merliot en Santa Tecla. Sin duda, conforme a las pruebas, estos surcos se extienden hasta el sector del centro comercial Multiplaza, al sur”, resume el informe del Departamento de Arqueología.
*Con reportes de Rodrigo Baires

Tomado de: http://www.elfaro.net/secciones/Noticias/20080825/noticias1_20080825.asp

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